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CEF Noticias | Economista advierten que el gradualismo es mas traumático que el shock devaluatorio

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Uno de los primeros consejos que recibió apenas asumió el cargo de Presidente Mauricio Macri provino del rey emérito de España Juan Carlos, quien le susurró al oído: “Lo que no hagas apenas asumas, no lo podrás hacer después”.

Posiblemente sin saberlo, Juan Carlos sintetizó en sus palabras la opinión de muchos analistas para quienes en las actuales circunstancias es necesario aplicar políticas de shock que permitan superar, al menos en las intenciones, parte de las enormes distorsiones que vienen acuciando a la economía.
Y, por lo visto en las primeras horas del gobierno macrista, esa preferencia por tomar las medidas impopulares de un tirón parece haberse impuesto. Todavía falta la devaluación, claro, pero el presidente Macri dejó en claro que mantiene su urgencia por desarmar el cepo cambiario cuanto antes.

De esta manera, quedaría saldado el debate entre gradualismo o shock que mantuvo entretenido al gremio de los economistas durante todo el año. En parte, ganaron los partidarios de la vía rápida debido a la gravedad de las distorsiones de la economía, y en parte también por la evaluación política de que hay que aprovechar el momento en que un gobierno recién asumido está en el apogeo de su autoridad.
Pero, además, hay otro motivo: está la historia económica argentina, rica en ejemplos de ajustes de todo tipo, que marca una realidad: no siempre el gradualismo es menos doloroso que el shock.

“En general, una política de shock se asocia con mayores dificultades iniciales, pero si el gradualismo falla, el riesgo es tener que hacer después un shock desordenado”, afirma Daniel Artana, director de FIEL.

Y agrega que ello se debe “porque en la primera etapa se quemaron los últimos activos disponibles, cuyo uso es el que permitió administrar el proceso”.
De hecho, hay ejemplos de intentos de ajustar de a poco que terminaron en crisis traumáticas.

Quizás el ejemplo más dramático sobre este comportamiento es el ocurrido a la salida de la “tablita” de Martinez de Hoz y la forma en que su sucesor Lorenzo Sigaut se vio obligado a devaluar el tipo de cambio en varias ocasiones, pese a lo acotada que fue su gestión, entre abril y diciembre de 1981.

Como ahora, en aquella ocasión había también un consenso respecto de que el país sufría un retraso cambiario, pero los funcionarios prefirieron evitar un shock y confiaron en que podrían pilotear una convergencia gradual del dólar hacia un tipo de cambio de equilibrio.

Salió mal. Para los memoriosos, su declaración pública, “el que apuesta al dólar pierde”, dicha poco antes de una gran devaluación, se volvió una de las frases famosas de la historia argentina.

Pocos días después, dispuso una revaluación del dólar en un 30%, la primera de una serie de devaluaciones que al cabo de su gestión treparon al 226 por ciento.

Hay, además, otros argumentos que tienen que ver con devaluaciones más cercanas en el tiempo. Como la que realizó Axel Kicillof en enero de 2014, tras la cual el ex ministro logró controlar el recio del dólar pero no pudo evitar que un contagio inflacionario terminara neutralizando el efecto de la medida.

Este caso puede ubicarse en el grupo de las devaluaciones que terminaron en fracaso. La medida acumuló todos los elementos indeseables (salto inflacionario y pérdida del poder adquisitivo).

Se sabe, los saltos cambiarios sirven para ganar competitividad, haciendo más caras las importaciones y baratas las exportaciones. La del año pasado sólo cumplió con el objetivo de frenar la caída de las reservas del Banco Central, pero el costo asumido por los asalariados no fue compensado por una mejora en los niveles de empleo ni por un mejor perfil competitivo de la industria.

Es decir, lo que le ocurrió a Kicillof fue lo opuesto a lo que se busca con una devaluación, que es la devolución, en forma automática, de la competitividad a los sectores exportadores.

Un ejemplo de shock a pocos kilómetros de distancia
Uno de los casos más cercanos en el tiempo y en la geografía es lo sucedido en Brasil a lo largo de este año. En el vecino país la situación comenzó a tornarse insostenible a partir del derrumbe del precio de las commodities, que llevó a que sus exportaciones cayeran un 25% en términos interanuales.

Este giro abrupto de los términos de intercambio no sólo afectó las exportaciones, sino que también alentó una desordenada fuga de capitales que rápidamente puso en desequilibrio el mercado de cambios presionando por una devaluación.

Pese a que el precio del dólar se disparó con inusitada fuerza, pues la devaluación llegó a trepar por encima del 70%, superando en algún momento los 4 reales por dólar, y a que las reservas rozaban los u$s360.000 millones, el Banco central dejó flotar la moneda en plena corrida cambiaria.

“Dicho en otros términos, Brasil eligió salir de su atraso cambiario, de magnitud similar al que actualmente ostenta Argentina, con un increíble shock devaluatorio del 70% interanual”, afirmó Ramiro Castiñeira, economista de Econométrica.

“Con ojos argentinos es difícil de entender la decisión de transitar el camino del shock que tomó Brasil, al tener la posibilidad de hacerlo algo más pausado ante tan importante stock de reservas, que supera el 21% del PBI”, agregó el experto.

La gran diferencia entre ambos países es que Argentina suele vaciar el Banco Central con tal de no devaluar, tal como sucede actualmente, con reservas netas de yuanes en no más de 3% del PBI a Diciembre.
Momento de definición
Para los partidarios del shock, las ventajas son evidentes tanto en el plano económico como en el político: se “marcaría claramente la cancha” y por lo tanto, generaría al menos por el lado de los exportadores, una liquidación masiva de dólares, que serían recibidos como un bálsamo para engrosar las maltrechas reservas del Banco Central.

A lo que también se sumaría el apoyo financiero del exterior, no solo de bancos extranjeros, sino como se viene hablando en las últimas horas de un préstamo del Tesoro de los Estados Unidos por un monto del orden de los u$s12.000 millones a un año de plazo y a una tasa de interés que hoy es música para los oídos de los funcionarios: 4% anual.

Según esta visión, en un mercado tan sensibilizado como el actual y en el que la liquidación de divisas es crucial encarar cualquier programa consistente, una estrategia basada en el gradualismo podría ser contraproducente, pues ante esquemas de devaluaciones escalonadas, lo que suele suceder es que quienes están en condiciones de liquidar divisas, retacean las ventas a la espera de la “próxima corrección”.
En la vereda de enfrente se ubican quienes consideran que lo mejor es hacer las cosas “paso a paso”, dejando transcurrir dentro de lo posible el verano, y con ello mantener la “luna de miel” con el Gobierno.

En esa línea se ubica parte del Gobierno, que hasta último momento sigue presionando para una devaluación al menos en dos etapas.

La discusión se mantiene también entre los analistas. Hay opiniones que implican soluciones mixtas, como avanzar en lo cambiario pero ser más gradualista en la cuestión tarifaria.
El argum,ento es que el atraso cambiario actual, además de complicar seriamente al sector transable de la economía, desalienta la entrada de capitales que haría más llevadera la etapa inicial del actual gobierno y facilitaría que la economía se recupere luego de cuatro años con crecimiento nulo.

En cuanto a las tarifas de los servicios públicos, también existen opciones entre shock y gradualismo, como por ejemplo un ajuste brusco en las tarifas a empresas, con una corrección gradual en las tarifas residenciales, sobre todo en las de menores recursos.

Para Federico Sturzenegger, el flamante presidente del Banco Central, “la economía no pide ni necesita un shock, ya que Argentina no viene acumulando déficits externos que deban corregirse con una baja del gasto”.

Su argumento es que el cambio de expectativas favorables impedirán cambios traumáticos: “De la mano de la entrada de capitales, el gasto agregado de la economía se expandirá. El hecho que la cuenta corriente no necesita una corrección también permite avizorar una salida del cepo relativamente tranquila”, agregó el economista.

Por su parte, Eduardo Levy Yeyati mencionó en un reciente artículo: “El desafío de 2016, año de transición, es desandar los errores heredados y reencauzar el desarrollo con el menor costo social posible. La manera en que se desanden esos errores determinará en parte a los ganadores y perdedores de la transición. Y ahí es donde, más allá de consideraciones económicas y políticas, la disyuntiva entre shock y gradualismo se vuelve un problema moral”.

Otro influyente que ha terciado en la polémica es exministro Domingo Cavallo, para quien hay ajustes buenos y malos: “El plan de convertibilidad de 1991 fue sin duda un shock bueno que contrasta con el terrible shock, ciertamente muy malo, que significó la pesificación compulsiva de enero de 2002”.

“También hay gradualismos buenos y gradualismos malos. Las reformas fiscales bien hechas, con transparencia, consenso y discusiones parlamentarias, son necesariamente graduales. Cuando los ajustes fiscales se hacen por shocks devaluatorios e inflacionarios, como el terrible ajuste fiscal de 2002, los costos sociales y económicos son enormes”, afirmó el exministro.

Cavallo agrego que “cuando hay que corregir distorsiones en precios relativos o causados por regulaciones que desalientan la inversión y reducen la productividad, hacerlo en forma gradual es siempre más costoso”.

“Significa tener que endeudarse a tasas de interés elevadas para seguir financiando desequilibrios mientras no existe financiamiento para las inversiones y los esfuerzos productivos que permitirían recuperar la productividad. Este es un caso típico de gradualismo malo”, concluyó.

Más allá de la discusión sobre que es más apropiado, gradualismo o shock, el punto central y sobre el que no existen dudas, es que lo que se necesita de aquí en más es un plan integral, bien afinado y mejor comunicado para tener éxito.

Fuente: iProfesional


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